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LAS FINANZAS HUMANITARIAS: ¿BUENA CONCIENCIA O IMPACTO REAL?

En el ámbito de la inversión responsable, la inversión de impacto o el impact investing es cada vez más popular. Pero ¿invertir dinero para hacer buenas acciones es compatible con los objetivos de rentabilidad? Es una cuestión que se abordó en la conferencia-debate organizada en Ginebra el 27 de abril de 2018 por Mirabaud, en colaboración con el diario Le Temps, con Yves Daccord, director general del CICR, Scott Weber, director general de Interpeace y Catherine Reichlin, responsable de Análisis Financiero de Mirabaud & Cie SA.

Se vuelve a observar un fuerte crecimiento, los mercados financieros continúan su ascenso. ¿Significa eso que el mundo va mejor? Resulta difícil responder afirmativamente, sobre todo teniendo en cuenta que en la actualidad asistimos a un recrudecimiento de conflictos y tensiones tanto entre Estados como dentro de sus propias fronteras, con todas las consecuencias que ello  implica: desplazamiento de poblaciones, migraciones y destrucción de sistemas económicos, servicios sanitarios e infraestructuras. Los organismos humanitarios intervienen frente al aumento de la precariedad, pero cambia la forma en  la que lo hacen. «Este es el caso del CICR, cuyas actuaciones de urgencia deben ahora prolongarse en el tiempo y reflexionar sobre cómo invertir a largo plazo en entornos especialmente inestables. Restablecer la seguridad es una cosa; reconstruir hospitales, otra distinta», precisa Yves Daccord. Eso sin contar con que el factor de riesgo debe, por supuesto, entrar en la ecuación.

El reto de la financiación del sector humanitario

Si bien el presupuesto anual del CICR (2.000 millones de CHF) sigue estando asegurado en un 91% por los Estados y la Comisión Europea, en la actualidad necesita encontrar otras fuentes de financiación, especialmente para situaciones en las que es más difícil recaudar fondos. A modo de ejemplo: «ahora nos resulta fácil reunir dinero para Siria, pero nadie quiere donar para Ucrania», destaca Yves Daccord, que constata que «la agenda del CICR emula cada vez más la de los Estados, lo que representa un auténtico reto respecto a la imparcialidad». Entonces, ¿hay que recurrir a las finanzas para encontrar soluciones? En opinión de Scott Weber, la cuestión no se plantea en términos de elección: «Hoy en día, ya no se trata de preguntarse si se debe o no trabajar con el sector financiero, sino más bien de reflexionar sobre cómo hacerlo de manera inteligente».

Una creciente exigencia ética por parte de los inversores

El sector financiero, consciente de que los factores extrafinancieros tienen un peso decisivo en el rendimiento de las empresas, integró hace décadas que integró los criterios medioambientales en sus estrategias de inversión : sociales y de gobierno corporativo (MSG). Un movimiento que viene acompañado de una creciente exigencia ética por parte de los inversores. Consagrados por las Naciones Unidas en 2006 en forma de los Principios de Inversión Responsable (UNPRI), de los que Mirabaud es signataria, estos parámetros han originado diferentes enfoques de inversión responsable (véase al lado). «Podemos proceder por exclusión, por ejemplo, descartando sistemáticamente las empresas que tengan un efecto negativo en la sociedad o el medio ambiente, o incluso priorizar las mejores empresas de cada clase que se distingan por sus excelentes prácticas de MSG», recuerda Catherine Reichlin. Pero entre las últimas soluciones ideadas, el impact investing avanza viento en popa. Desde hace una década, esta opción propone, en efecto, invertir en proyectos, organismos o empresas cuyo objetivo prioritario sea tener un efecto positivo y cuantificable en el plano social o medioambiental además de generar un rendimiento financiero. Una solución que se ha materializado primero en forma de microfinanzas antes de transformarse en los bonos denominados «de impacto». Así nacieron los bonos «verdes», después «sociales» y finalmente «humanitarios». No hace falta explicar sus objetivos, ya que sus adjetivos hablan por sí solos. Y si bien es posible que estos instrumentos produzcan un rendimiento ligeramente inferior al de un bono clásico que provenga del mismo emisor, «los inversores como los Estados están dispuestos a invertir más dinero si hay resultados», precisa Scott Weber.

«Los inversores sociales asumen riesgos por una buena causa»

El CICR, una de las primeras entidades emisoras de bonos humanitarios del mundo, puso en circulación este producto financiero en 2017 como apoyo para un programa de ayudas de cinco años para discapacitados en zonas en guerra (Mali, Congo y Níger). «Una iniciativa que no habría sido posible lanzar en el marco de la financiación clásica de la acción humanitaria», afirma Yves Daccord. Para el CICR, es un cambio de paradigma importante porque la institución en este caso ya no se centra solo en lo urgente, sino también en el impacto que podría tener a largo plazo, reintegrando en el circuito económico y social a personas excluidas. Además de los donantes tradicionales y los Estados participantes en este proyecto, esta iniciativa aspira también a animar al sector privado a virar hacia las inversiones sociales. Y a quienes podrían reprochar al CICR que especula con la desgracia de los más vulnerables, Yves Daccord les contesta: «el dinero no debe servir solo para conseguir beneficios, sino que además debe permitir aportar respuestas inteligentes a situaciones determinadas. Los inversores sociales serán remunerados según la eficacia del programa y, por lo tanto, asumen riesgos como nosotros. Pero lo hacen por una buena causa, como nosotros».

«El CICR habla con los talibanes. ¿Por qué no iba a poder hacerlo con los banqueros?»

Un bono humanitario permite generar rentabilidad para unos retos cruciales que pueden resultar mucho más costosos para la comunidad de lo que se cree. «Tomemos el caso del ébola. Implementar un sistema sanitario capaz de absorber el impacto de una nueva epidemia sería mucho más eficaz que tener que volver a intervenir mañana urgentemente sobre el terreno», apostilla Yves Daccord, que continúa diciendo: «El impact investing tiene sentido para la acción humanitaria. Trabajar con las finanzas, también. El CICR habla con los talibanes para encontrar soluciones. No veo por qué no iba a poder hacerlo con los banqueros. Lo importante es no perder nunca de vista el impacto real y la pertinencia de nuestra actuación». Y Catherine Reichlin añade: « Los beneficios son los que hacen avanzar la economía, y proponer a los inversores socialmente responsables soluciones complementarias para obtener ganancias, que además sirvan para apoyar una causa justa, genera crecimiento para la sociedad, lo cual es fundamental en el mundo en el que nos movemos».

¿Estos productos interesan de verdad a los inversores?

«Si bien en los inicios del proyecto no resultó fácil encontrar inversores sociales, creemos que este tipo de producto tiene por delante un gran futuro. Pero para eso hará falta tiempo, porque nuestros destinatarios son prioritariamente inversores profesionales», subraya Yves Daccord. En efecto, este tipo de compromiso va mucho más allá del contexto de la filantropía, y los Estados deben desempeñar un papel determinante en este punto como incitadores, estimulando la inversión y atrayendo a nuevos inversores.

¿Estamos presenciando un cambio de actitud?

«Mucha gente se pregunta en la actualidad para qué sirve su dinero», comenta Catherine Reichlin. «La inversión de impacto les aporta una respuesta concreta con un objetivo concreto en cifras y una rentabilidad que se calcula en función de los resultados obtenidos sobre el terreno». Pero los pequeños inversores no son los únicos que se plantean esta cuestión. A principios de año, el emblemático director de Blackrock, la mayor gestora de activos del mundo, exhortó a las empresas en las que su sociedad participa como accionista a ponerse al servicio del bien común. En su opinión, «toda empresa debe no solo generar resultados financieros, sino también demostrar que contribuye a la sociedad con una aportación positiva». Incluso el Banco Mundial ha cambiado de actitud, reflexionando sobre nuevos medios para llevar a buen término su misión principal, que es erradicar la pobreza. Esta institución emitió hace unos meses un bono de 320 millones de dólares destinado a luchar contra las epidemias, con el fin de disponer de fondos rápidamente movilizables para combatir las enfermedades antes de que se expandan masivamente. Su rentabilidad corresponde a los riesgos asumidos: efectivamente, un inversor puede perder una gran parte de su aportación si una epidemia degenera en pandemia, pero también puede ganar mucho si esto no sucede. En este sentido, el objetivo de prevención debe permitir limitar el riesgo. También hay en fase de estudio un producto similar contra la hambruna. Sabiendo que normalmente el dinero solo llega al el terreno entre tres y cuatro meses después de que la crisis se convierta en catástrofe, las cantidades disponibles permitirían intervenir mucho antes para las poblaciones y, por lo tanto, limitar el número de víctimas y el coste de las operaciones. En la práctica, los riesgos de degradación de una situación se reducen reforzando el sistema inmunitario de una sociedad.

¿Es la liquidez una palanca para la acción humanitaria?

Sabemos que en la mayoría de casos la respuesta a las problemáticas humanitarias es la planificación previa. Y las finanzas pueden servir de palanca. Por eso es importante disponer de liquidez para poder anticiparse a las crisis. «Ese es el objetivo de una organización como Interpeace», argumenta Scott Weber. «Cuando identificamos un problema en el mundo, ponemos todo nuestro empeño en prevenir, integrando en el debate a todas las partes interesadas. Estamos  convencidos de que modelando sistemas de gobierno corporativo más inclusivos se construyen sociedades mejor preparadas para gestionar sus propios conflictos, que en la mayoría de ocasiones tienen su origen en la exclusión. En este contexto, la asociación que tenemos con Mirabaud es ejemplar, ya que una parte de las comisiones de de gestión y de las rentabilidades generadas por uno de sus fondos certificados como de «inversión responsable» nos permite acceso a cierta liquidez. Para nosotros, un dólar invertido corresponde a diez dólares. De este modo podemos desplegarnos sobre el terreno con más facilidad y rapidez». «Recordemos el plan Marshall», recuerda Catherine Reichlin, «que no fue una donación, sino un préstamo para permitir a Europa volver a ponerse en pie después de años de una guerra fratricida». ¿No estamos ahora ante un caso parecido? Qué lejos quedan los tiempos de los Rockefeller, cuando uno se las ingeniaba fuese como fuese para ganar mucho dinero y devolverlo todo sin preocuparse realmente del destino de los fondos. Hoy en día, los inversores buscan una coherencia, una congruencia entre los valores defendidos por una empresa y su comportamiento.

«En la actualidad se observa una cierta fatiga de la opinión pública frente a la acción humanitaria. Los escenarios son cada vez más complicados y la implicación de los actores resulta cada vez más difícil de descifrar. Si bien aún seduce a algunos filántropos, la narrativa empleada hasta ahora por las organizaciones humanitarias ya no es suficiente. Necesitamos encontrar otras soluciones, otros medios de financiación, otros inversores. Ahora, el gran reto para nosotros es trabajar a través de proyectos, lo cual implica para el CICR un auténtico cambio de cultura, y las soluciones de tipo impact investing sirven perfectamente para esta ambición», subraya Yves Daccord.

Para clausurar la conferencia-debate y la posterior sesión de preguntas, Nicolas Mirabaud, socio comanditario, destacó asimismo la importancia de Ginebra a la vez como polo mundial de competencias financieras y como cuna de la acción humanitaria. «En nuestra ciudad reunimos competencias financieras y humanitarias reconocidas por el conjunto de la comunidad internacional», explica. «Ginebra y su región representan también un centro de innovación de primera categoría, y estoy seguro de que en el futuro las finanzas seguirán generando sinergias y apoyando el trabajo de los diversos agentes que actúan sobre el terreno, ya sea mediante aportaciones directas o implementando soluciones innovadoras para permitirles llevar a buen puerto su misión».

MÉTODOS DE INVERSIÓN RESPONSABLE

Definición

Integración
Aplicación de criterios MSG en la selección de títulos para medir los valores, las oportunidades y los riesgos potenciales para los inversores.

Exclusión
Exclusión de empresas cuyas actividades tengan un impacto negativo en la sociedad o el medio ambiente o que infrinjan normas internacionales.

Temática
Selección de empresas activas en sectores de actividad relacionados con el desarrollo sostenible, como el agua, las energías renovables o la agricultura sostenible.

Compromiso
Ejercicio de los derechos de voto con convicción dentro de una empresa y de diálogo directo con esta para mejorar su responsabilidad social.

Impact Investing
Inversión dirigida a las organizaciones, las empresas o los fondos cuya misión tiene efectos sociales o medioambientales y que pretende lograr una rentabilidad financiera.

La mejor de su clase
Enfoque positivo que trata de favorecer a las empresas que muestran las mejores prácticas MSG.