Vela

Alan Roura: «Les digo a los jóvenes: no escuchéis lo que dicen los demás, ¡lanzaos!»

El padrino de la Bol d’Or Mirabaud vivió de pequeño en un barco en Ginebra. Viajó por los mares del mundo con su familia hasta los 18 años. Este invierno se ha convertido en el navegante más joven en completar la Vendée Globe.

El nombramiento del padrino de la Bol d’Or Mirabaud, que a menudo se elige entre navegantes de renombre, era bastante evidente este año. Fue durante el descenso del Atlántico norte, mientras participaba en la Vendée Globe –la regata de vela alrededor del mundo en solitario y sin escalas– cuando Alan recibió un mensaje del comité de organización de la Bol d’Or Mirabaud en el que le pedían que fuera el padrino de la 79.ª edición. Aceptó de inmediato.

Alan Roura relata a MirMag su hazaña, y destaca las cualidades necesarias que le han permitido convertirse con 23 años en el marinero más joven de la historia de la Vendée Globe en completar la vuelta al mundo después de 105 días en alta mar. 

Usted nació en Ginebra, ¿qué le evoca la Bol d’Or Mirabaud?

Cuando era niño, vivía en un barco en el puerto de Ginebra. En cada Bol d’Or Mirabaud estábamos en primera fila.

Más tarde participé en dos ocasiones en la regata a bordo de la embarcación Surprise. En 2013, participé junto con Antonio Palma (socio gestor de Mirabaud) y Cyrus Golchan al timón. Ganamos. La suerte nos acompañó. Habíamos decidido navegar por el centro del lago en el regreso.  Cuando a la llegada vimos la botella de champán, entendimos que la victoria era nuestra.

La Bol d’Or Mirabaud es una bellísimo evento, la mayor regata del mundo en aguas cerradas.  La luminosidad y el paisaje también la convierten en una regata magnífica.

Bol d'Or Mirabaud 2013

¿Como se desarrolló su pasión por la vela?

Con mi familia empezamos a vivir en un barco en 1995. Tenía 2 años. Desde entonces no he dejado de vivir en barcos. Teníamos un velero. Era un Long Vent de 40 pies construido en Grandson, en el cantón de Vaud. Era un bello velero fabricado en principio para navegar por mar y no por lago.

Al principio, mis padres no sabían mucho de barcos. Querían viajar con nosotros por el mundo, descubrir otros países, otras formas de vida. Mi padre eligió un velero, ya que era el medio más bonito para viajar. Después de obtener el permiso de navegación, partimos con mi hermano y una de mis hermanas; la mayor ya trabajaba. Yo tenía 7 años.

Así pues, fue el mar abierto lo que forjó su vocación de marinero...

Nuestro  viaje alrededor del mundo duró once años. Nos deteníamos a hacer escala para descubrir islas o trabajar un poco en algún país. Mi madre me educaba. A veces regresábamos a Suiza para ver a la familia. Sobre todo navegamos por el Pacífico y el Atlántico. Navegábamos a la antigua, con una carta náutica y un pequeño GPS.

Crecí de puerto en puerto. Esto me permitió tener una escuela de vida totalmente distinta y abrirme puertas diferentes. Esta vuelta al mundo me ayudó en mis carreras en solitario.

¿En qué momento soñó en convertirse en navegante profesional? 

En 2001, durante nuestra vuelta al mundo, nos cruzamos con la flota de la Mini Transat, que había partido de Bretaña y llegaba a las Canarias al mismo tiempo que nosotros. Vi aquellos veleros compitiendo en alta mar en solitario y me dije: «Esto es lo que quiero hacer más adelante». Desde entonces viví por hacer realidad este sueño. Me entrenaba para ello. Y en 2012 me lancé. Disputé la Mini Transat en 2013, la Route du Rhum en 2014, la Transat Jacques Vabre en 2015 y la Vendée Globe en 2016.

Bernard Stamm, Dominique Wavre o Steve Ravussin son como usted navegantes suizos en solitario. ¿Es el lago Lemán una buena escuela para los futuros marineros? 

El lago es una buena escuela para aprender a navegar con tiempo apacible. Aquí es donde aprendí los gajes del oficio. Por el contrario, cuando hace demasiado viento, los barcos se quedan amarrados. En Suiza, la gente navega sobre todo en verano, pero en Bretaña se navega 12 meses al año y en todas las circunstancias meteorológicas. Por eso, los marineros que usted ha mencionado se han ido a Bretaña. 

Al suizo le gusta viajar, tiene la necesidad de moverse. Muchos suizos francófonos navegan en Bretaña o el Mediterráneo, los del Ticino en Italia, y los de la Suiza alemana van más hacia el mar del Norte.

Alan Roura and Nicolas Mirabaud, Member of the Executive Committee of Mirabaud & Cie SA

Usted se ha convertido en el navegante más joven en haber participado en una Vendée Globe y haberla completado. ¿Cómo ha logrado esta proeza?

El hecho de partir desde Sables d’Olonne para la Vendée Globe ya fue una victoria. Para participar en una regata en alta mar, hace falta una embarcación, dinero, tiempo y valor. Reunir todo esto fue complicado.

Un año antes de partir todavía no tenía barco. Pero un día, un amigo estonio me llamó y me dijo: «Alan, sé que no tienes el dinero, pero te confío mi barco para participar en la Vendée Globe. Solo te pido que lo lleves a buen puerto». Cuando recogí el barco, un clase Imoca que nunca había acabado la Vendée Globe, no tenía medios financieros. Poco a poco fuimos encontrando apoyos y armamos el proyecto. Con 23 años me encontré gestionando un pequeño equipo. Después logramos el patrocinio de La Fabrique. Comí pasta y arroz durante varios meses, me apreté el cinturón. En once meses, entre cuatro habíamos hecho el trabajo que otros equipos hacen en dos años.

Sabía que si conseguíamos tomar la salida, nada podría impedirme terminar la vuelta al mundo. Es la magia de la historia de la Vendée Globe. Aunque era joven y no tenía gran experiencia en las regatas en mar abierto, podía lograrlo.

La Vendée Globe se denomina el Everest de los mares. ¿Cuáles son las cualidades esenciales para tener éxito en esta regata?

Hace falta perseverancia, ser soñador y mañoso. Hay que saber reflexionar antes de actuar. Hay que ser marinero para visualizar el barco y el océano en todo momento.

Hay que estar bien no solo físicamente, sino sobre todo mentalmente. Puedes tener un gran físico y abandonar al cabo de dos  semanas si no eres fuerte mentalmente. A la inversa, puedes tener poca forma física pero una moral increíble y, de repente, la Vendée Globe casi se hace fácil. Cuando zarpé, no me encontraba en muy buena condición física, ya que trabajaba en el barco día y noche. Cuando llegué estaba en mejor forma que al partir.

Si bien se necesitan muchas cualidades, también hacen falta muchos defectos. Hay que estar un poco loco, porque la Vendée Globe es larga y dura. Se dispone de mucho tiempo para hacerse gran cantidad de preguntas. Hay que ser egoísta, porque cuando zarpas dejas a todo el mundo en tierra. No sabes si vas a regresar. En una carrera en solitario, el egoísmo se convierte en una cualidad. También hay que saber guardar secretos. No siempre he contado lo que pasaba en el agua, ni a mis competidores ni a mi equipo, para no preocuparles.

Otro consejo: el mantenimiento del barco es muy importante. Cada día daba dos o tres veces una vuelta al barco para controlarlo.  Así es como en el Pacífico Sur descubrí que uno de los timones estaba a punto de desprenderse. Pude repararlo a tiempo.

El barco tiene una historia y un alma. Si lo tratamos mal, lo llevamos al límite. Si no lo cuidamos, un día u otro se nos caerá encima. Hay que darle cariño.

¿Qué momentos particularmente inolvidables ha experimentado durante esta vuelta al mundo en solitario?

La vuelta al mundo consiste en una salida y una llegada y, entretanto, hay que atravesar tres cabos.  Son momentos emocionalmente fuertes e intensos. El cabo de Buena Esperanza es la entrada a los Mares del Sur; el cabo Leeuwin marca mitad de camino; el cabo de Hornos significa la vuelta a casa. El paisaje en el cabo de Hornos es bellísimo. Aminoré la velocidad y me acerqué. A pesar de que iba a perder una hora, quería verlo de cerca.

Viví otros momentos mágicos cuando navegaba con el barco sobre olas de más de 10 metros. Me he cruzado con albatros y delfines, y los cielos eran fantásticos. La Vendée Globe es una regata en solitario, pero en el Gran Sur navegué a la vista de otro competidor, Eric Bellion. Durante tres días estuvimos muy cerca. Nos hablábamos de barco a barco. Después, de un día al otro, nos perdimos de vista. Fue difícil volver a acostumbrarse a estar solo.

Llegado a tierra, todos los malos momentos se convierten en buenos.

© Christophe Breschi

¿Qué enseñanzas conserva de esta aventura?

Que el ser humano es muy fuerte. Podemos superar las dificultades. En un mismo día vivimos todas las emociones, pasando de la risa al llanto. Incluso estando solos nos expresamos. Lloras solo y ríes solo, le hablas al barco. En tierra, cuando las cosas no funcionan, llamas a tus familiares. Pides ayuda. En el agua no hay nadie.

Emprendí la travesía con un barco antiguo, gané la Vendée y estoy muy contento. Espero que esto haya abierto los ojos de la juventud.

Usted tenía 23 años al inicio de la regata. ¿Su relación con los navegantes ha evolucionado gracias a su hazaña?

Al principio no me veían con buenos ojos. La mayoría pensaban que iba a plantarme. Tal vez no iban mal encaminados por la imagen que podíamos dar al exterior.

Lo que era duro era sobre los pontones. Antes de partir, algunos navegantes no me saludaban. Les decía: «Venga chicos, no tengo el mismo barco ni el mismo presupuesto que vosotros, pero todos vamos a lo mismo. Puede llegar el caso de que tenga que dar media vuelta para recogeros. ¡Por lo menos podríais decir buenos días! »

Siempre he tenido más contacto con los mayores, como Alex Thomson (se hizo con el 2.º lugar en la Vendée Globe), quien estuvo al 100% conmigo en el proyecto y me dio ánimos.  O  Jean Le Cam y Bernard Stamm, con quien tenía buen contacto.

A mi llegada vinieron grandes marineros quienes me dijeron: «Tienes todo nuestro respeto, ¡lo lograste!» Ahora las puertas están abiertas, es sensacional. Tenía que demostrar mi valía.

¿Qué consejo les daría a los jóvenes que dudan en lanzarse?

Hoy en día, la juventud no tiene ganas de remar, o espera que las oportunidades lleguen solas les llegue para embarcarse. Los jóvenes han olvidado que no es necesario contar con un barco ganador para participar en una regata en mar abierto. Algunos jóvenes dicen: voy para ganar. Pero para ganar, incluso con un barco nuevo, hay que lanzarse.

Hace algunos años, en una competición de vela, encontré a un ginebrino un poco más mayor que yo. Me explicó que su entorno le decía que, para lanzarse a la vela, hacía falta tener un proyecto ganador y que el momento no había llegado. En 2014, mientras me disponía a zarpar para la Route du Rhum, recibí un e-mail suyo.  Me escribió lo siguiente: «Tú, Alan, no escuchas a la gente, tú te lanzas. Yo he escuchado demasiado a la gente, ahora voy a lanzarme» .

A día de hoy ya ha ganado algunas regatas y participará en la Mini Transat en octubre.

Qué mejor que mi ejemplo pueda servirles a los jóvenes. ¡Lanzaos!

Palmarés (extracto)

2016
Vendée Globe - 12

2015
Transat Jacques Vabre - 10a

2014
La participación en la "Route du Rhum"

2013
Bol d'Or Mirabaud - ganador en la categoría "Surprise"