Innovación

El fin del dinero en efectivo, ¿utopía o realidad?

La cuestión va cobrando cada vez más relevancia: ¿el avance de las nuevas tecnologías y la hiperconectividad van a acabar definitivamente con los billetes y las monedas? Un gran reto que Mirabaud y sus invitados se han planteado en el curso de la conferencia-debate celebrada en Ginebra el 27 de abril de 2017, que contó con la presencia de Thierry Kneissler, consejero delegado de TWINT, el líder de las transacciones por móvil en Suiza, Nicole Leyre, directora financiera de KBA-NotaSys, especialista mundial de impresión de moneda, y Gero Jung, economista en jefe del banco Mirabaud.

Tras la gran caída estructural que se produjo al finalizar la segunda guerra mundial, la masa de dinero en efectivo en circulación se mantiene relativamente estable, a excepción de grandes periodos de crisis, como los que hemos vivido entre 2008 y 2013, en los que la demanda se vuelve más acuciante. Esta constante  en la oferta subraya hasta qué punto desempeña un papel importante el factor psicológico cuando hablamos de finanzas.

«El dinero en efectivo conserva la capacidad de transmitir seguridad en momentos de inseguridad», nos dice Gero Jung, «sabemos lo que tenemos en el bolsillo y de forma instintiva atribuimos fiabilidad a lo que es tangible». Ahora bien, las soluciones tecnológicas y las nuevas posibilidades de pago que ofrecen las tarjetas de banda magnética, con chip o el teléfono han cambiado nuestros hábitos. Pero el uso del efectivo no se queda atrás. Los que predecían su fin con el advenimiento de los nuevos medios de pago todavía están esperando. Y quizá tengan que seguir haciéndolo durante años, antes de que los billetes contantes y sonantes lleguen a desaparecer definitivamente.

¿En efectivo o con tarjeta?

En opinión de Nicole Leyre, lo que se constata actualmente es la coexistencia de los medios de pago. «Desde la aparición de las tarjetas bancarias y de las tarjetas de crédito, han coexistido el pago en efectivo y los demás medios disponibles, aunque, sin duda, se aprecian diferencias de unos países a otros. La decisión de pagar con tarjeta o en efectivo constituye, en sí misma, un fenómeno eminentemente cultural. Depende, asimismo, de las infraestructuras existentes. Los habitantes de un país infraequipado favorecerán el efectivo, aunque hoy día los sistemas de pago por móvil pueden suponer, en ese caso, una alternativa. El tipo de compra también influye a la hora de decidir. No pagamos del mismo modo en una gran superficie que en un mercado».

Y Thierry Kneissler añade: «La solución del pago por teléfono que proponemos a través de nuestra aplicación móvil TWINT atrae a una parte de la población. Mientras que otra parte sencillamente no lo utiliza. Si va de vez en cuando a correos, verá que todavía hay mucha gente que paga sus facturas en efectivo». La idea de control sigue teniendo mucho peso en esta distinción. La digitalización del pago quizá facilite la vida, pero produce la sensación de no perder  el control total de los gastos. Y a veces eso puede funcionar como un freno para el uso de medios de pago digitales. 

Apego persistente al dinero en efectivo

«Para que cambien los hábitos es preciso que evolucionen las infraestructuras», asegura Thierry Kneissler, pero ambas cosas llevan su tiempo. Con todo, lo cierto es que la gente sigue, por el momento, relativamente apegada a su moneda, sobre todo los suizos, que mantienen con ella una relación muy particular.

«En Suecia, el 80% de las transacciones se realizan por vía electrónica, mientras que en Suiza el efectivo sigue siendo un medio de pago muy habitual», explica Gero Jung, y añade: «La explicación vuelve a ser cultural. En Japón, por ejemplo, la cantidad de billetes en circulación respecto al producto interior bruto alcanza el 30%, mientras que en Suecia solo llega al 2%. Por lo que respecta a Suiza, fiel a su espíritu de compromiso, se sitúa entre ambos países».

¿A qué se debe esa pasión por el efectivo?

«El billete bancario es un producto fascinante», insiste Nicole Leyre, «una combinación de arte y técnica. Contribuye, asimismo, a la representación de un país, lo que lo convierte en un objeto especialmente simbólico».

Y si desde las esferas políticas se impusiera mañana la supresión del efectivo...

«Singapur sufrió esa triste experiencia y el gobierno tuvo que dar marcha atrás. De hecho, de un día para otro, la gente se puso a utilizar otras divisas para determinadas transacciones. La lección está clara», explica Nicole Leyre. Es sin duda una prueba de que a la naturaleza le da horror el vacío. Cuando se le quita una cosa, le falta tiempo para sustituirla rápidamente por otra.

¿Qué es más seguro, el dinero en efectivo o el desmaterializado?

Uno tiende a creer que si desapareciera el dinero en efectivo, también desaparecerían con él la moneda falsa y los demás fraudes vinculados a ese tipo de pago. Pero la tentación de delinquir no se esfuma con la desaparición de un sistema. Todo lo contrario. Las infracciones solo cambian de forma: phishing, hacking, uso fraudulento de tarjetas de crédito, etc. A las personas mal intencionadas no les falta imaginación para inventar nuevas técnicas que les permitan apropiarse de lo ajeno. «El modo de acabar con el fraude no es suprimir el efectivo», asegura Nicole Leyre.

El pago desmaterializado no escapa a la regla general y debe enfrentase, asimismo, a ataques de todo tipo. «En el mundo digital, la confianza entre el proveedor de servicios y el consumidor es esencial», señala Thierry Kneissler, «en el caso de TWINT, una gran parte de nuestros costes corresponden a seguridad. Para nosotros, los riesgos de reputación son enormes, por tanto, la calidad del servicio que prestamos debe ser impecable, de lo contrario perdemos a nuestros clientes, y una empresa sin clientes normalmente  no sobrevive mucho tiempo. Además, estamos bajo la regulación de la Finma (autoridad federal suiza de vigilancia de los mercados financieros), que nos ha concedido una licencia de pago, pero seguimos siendo totalmente independientes de los operadores y de los proveedores de servicios».

¿Y cuál es el más caro?

Si bien al consumidor el hecho de pagar en efectivo no le cuesta nada, en sentido estricto, más que el precio del bien adquirido, no ocurre lo mismo con el comerciante que lo vende, ya que el recuento y el transporte del efectivo llevan tiempo. Y, como es bien sabido, el tiempo es oro. Si a eso le añadimos los gastos de impresión de los billetes, como gastos de tinta, rentabilización de las máquinas, desarrollo tecnológico para evitar la falsificación, «el precio de una transacción en efectivo puede estimarse en 30 céntimos», nos informa Nicole Leyre, que puntualiza, «para imprimir un lote de 1000 billetes pequeños, los gastos de producción oscilan entre 40 y 60 euros por término medio, aunque algunos billetes pueden ser mucho más caros de producir debido sobre todo a los elementos de seguridad que llevan incorporados».

Cuando una operación se realiza con tarjeta, por el contrario, esta está siempre sujeta a una comisión, que normalmente se repercute en los precios de venta. Este impuesto invisible, que puede ir del 3% al 7%, afecta directamente al consumidor. Aunque es menor para las tarjetas de débito que para las de crédito, no ocasiona menos costes, los cuales ascienden a unos 3 francos por operación. El paso del pago físico al tecnológico no resulta, por tanto, necesariamente más barato.

¿El pago con móvil no acabará por imponerse sobre cualquier otro medio de pago?

«No lo creo», apunta Thierry Kneissler, «el pago a través del teléfono móvil es solo un medio complementario más a nuestro alcance para abonar transacciones. En cambio, si la aplicación no es más que un sustituto de la banca electrónica o del monedero, único que aporta es una facilidad para realizar transacciones. Por ello debemos ofrecer otras prestaciones, aportar valor añadido a nuestro servicio. Pensamos en ello constantemente. Por eso la innovación constituye para nosotros una prioridad».

«No hay que olvidar tampoco que el 99% de los suizos tiene una cuenta bancaria, mientras que la mitad de la humanidad no tiene», añade Nicole Leyre, «el efectivo sigue siendo, por tanto, una solución entre otras muchas, como el pago por móvil».

La diversidad de actores en el ámbito del pago por móvil, en la mayor parte de los casos operadoras telefónicas, no está libre de peligro, tanto más si se tiene en cuenta que proponen servicios financieros fuera del sistema bancario. «Mientras que las transacciones vinculadas a una cuenta bancaria son trazables, las que se realizan a través de otros canales escapan a cualquier control y, por tanto, al de los bancos centrales. Además, plantean problemas de discriminación. En África, por ejemplo, donde el sistema de pago por móvil se está desarrollando rápidamente, los vendedores y los compradores solo pueden realizar transacciones si trabajan con el mismo operador». Esto limita el comercio cuando lo deseable es justamente lo contrario.

¿Quién saldrá victorioso en esta batalla?

«El efectivo existe desde hace más de 2.500 años. Y sin duda seguirá existiendo aunque tenga que ser bajo otras formas», concluye Gero Jung. De hecho, en la guerra implacable que están librando el dinero en efectivo y el dinero desmaterializado hay algo de la oposición existente entre la banca tradicional y el Fintech. En ese contexto, no cabe duda de que todos los actores saldrán ganando si apuestan por una colaboración pacífica en lugar de por la confrontación. Así pues, el dinero en efectivo y el dinero desmaterializado es muy posible que tengan que coexistir todavía mucho tiempo.

Vídeo

2020: el fin del dinero en efectivo, ¿utopía o realidad? (en francés)