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Peter Maurer, presidente del CICR: la diplomacia humanitaria hoy en día

Con motivo de los 30 años de presencia de Mirabaud en Canadá, nuestra oficina de Montreal tuvo el privilegio de acoger el 26 de septiembre a Peter Maurer, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

En esta entrevista, conversa con MirMag sobre los desafíos que enfrenta la diplomacia humanitaria en la actualidad y las innovaciones que ha realizado la institución para mejorar su acción sobre el terreno.

¿Qué significa hoy en día la expresión «diplomacia humanitaria»?

Como historiador, me gusta remontarme a los antecedentes. El objetivo de los fundadores del CICR no era crear únicamente una organización que ayudara a las víctimas de guerras o catástrofes, sino que también querían, desde un inicio, influir en el desarrollo del derecho internacional. Por consiguiente, desde su fundación, el CICR ha llevado a cabo un trabajo de concienciación entre los gobiernos, en paralelo a sus actividades sobre el terreno. Para responder a las necesidades de las víctimas de un conflicto armado, necesitamos, por ejemplo, obtener accesos. Ello exige estar en contacto con todas las partes implicadas, gubernamentales o no, negociar con ellas, sensibilizarlas sobre la pertinencia de la acción humanitaria y lograr su apoyo. El CICR también se dedica a reforzar el diálogo con los Estados, que financian un 92% de su presupuesto, mientras que el sector privado ocupa el séptimo lugar entre nuestros donantes. Todos estos aspectos forman parte de la diplomacia humanitaria.

¿En qué se basa la legitimidad del CICR para ponerse el traje de diplomático?

La ONU tiene legitimidad para la adopción de procedimientos; las ONG, para sus competencias específicas; el CICR, por su parte, obtiene su legitimidad diplomática de su propia fundación, que está estrechamente ligada a la elaboración de los Convenios de Ginebra. Cuando llegué al CICR, me preocupé por promover esta actividad. Aunque con frecuencia es poco conocida por el público en general, forma parte de nuestra acción. Por ello, tratamos constantemente de reunir, de movilizar, pero también de estar presentes en las reuniones y en los foros multilaterales, para fomentar el diálogo entre todas las partes.

En este contexto, ¿el emblema del CICR ayuda o frena?

La fuerza de nuestro emblema es que es conocido y reconocido. Pero lo que genera respeto es, sobre todo, el conjunto de nuestro trabajo, nuestra neutralidad, nuestra imparcialidad y nuestro interés por lo humano. El emblema es respetado en numerosas regiones del mundo, pero a veces puede ser un obstáculo. Incluso puede suceder, en algunos contextos específicos, que nos convirtamos en un objetivo. Este tipo de problemas en general surge cuando se rompe la confianza; por ello, debemos explicar bien lo que hacemos. Dicho esto, no somos los únicos en esta situación. Hoy en día, la realidad de los conflictos sobre el terreno ha cambiado; cada vez hay más personas que se convierten en objetivo de los ataques, empezando por los civiles.

Usted dice que las cosas han cambiado sobre el terreno, pero ¿qué ha cambiado realmente desde Solferino?

Actualmente vivimos una verdadera fragmentación de los conflictos. Los Estados ya no son los únicos implicados. Los actores no gubernamentales se multiplican, lo que dificulta la manera de abordar las situaciones. El armamento también ha evolucionado sobremanera: se ha modernizado y sus efectos son más devastadores. La propia guerra se ha transformado. Se ha industrializado, globalizado, tecnologizado y también urbanizado. Los combates ya no tienen lugar en vastas llanuras deshabitadas, sino en las ciudades; hoy se habla de la batalla de Alepo, de Faluya, de Mosul. Las consecuencias de esta transformación se miden por el impacto que los conflictos tienen en las poblaciones. En la Primera Guerra Mundial, el mayor número de muertos se registró entre los soldados. En la Segunda, la tendencia se invirtió y sigue siendo el caso hoy en día: los civiles son quienes pagan el precio más alto. La ironía es que los grupos armados resultan paradójicamente menos afectados que los civiles, que también sufren los efectos indirectos de la guerra. Por ejemplo, cuando se bombardea un hospital, el balance no se limita al número de personas que mueren en el ataque. Cuando el hospital ya no está, se pierde acceso a atención sanitaria en un radio más o menos grande. Según las regiones del mundo, esto puede llegar a afectar hasta cien mil personas, algunas enfermas, otras que necesitan atención de emergencia. Por consiguiente, en lo que se refiere a la acción humanitaria, actualmente los desafíos importantes son más numerosos y algunos son totalmente nuevos.

¿La manera de trabajar del CICR también se ve afectada por esta evolución?

En este entorno cada vez más complejo, nuestra actividad ha evolucionado. Hoy en día, ya no puede realizarse una labor humanitaria únicamente con buenos sentimientos. Debemos seguir profesionalizando nuestra acción, aprovechar nuestra experiencia y utilizarla para formar a los futuros delegados, que ahora deben intervenir en todos los ámbitos: diplomacia, logística, ingeniería, salud. Para formar a esta nueva generación de colaboradores y colaboradoras, hemos elaborado, junto con otros actores humanitarios, programas de formación sobre negociación, así como dirección de proyectos y gestión. Se trata de una nueva era, a la que debemos adaptarnos, y adquirir nuevas competencias en función de la situación en el terreno. El CICR también ha modificado su estructura. Cuánto más nos desarrollamos, más nos enfrentamos a nuevas exigencias: tenemos que innovar y gestionar nuestra actividad como una empresa. Esto es indispensable si queremos seguir siendo eficaces.

Innovar para ser más eficaces: ¿cómo se refleja esto en el CICR?

Las nuevas tecnologías no sirven únicamente para los fines de la guerra, por suerte. En el CICR, también las utilizamos para atender mejor las necesidades humanitarias y reforzar la asistencia a las víctimas. Por ejemplo, gracias a los nuevos medios de comunicación, podemos establecer contacto con las víctimas con mayor facilidad y entender mejor sus necesidades. Hemos integrado este cambio de paradigma en el funcionamiento del CICR. También colaboramos con investigadores y con el sector privado. Por ejemplo, algunos antiguos delegados del CICR trabajan en la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Suiza, en la creación de nuevos modelos de prótesis adaptados a los terrenos accidentados, así como en el desarrollo de un sistema de alimentación eficiente energéticamente para una sala de operaciones móvil. Asimismo, hemos puesto en marcha, con agencias de la ONU y algunas ONG, la iniciativa Global Humanitarian Lab, cuyo objetivo es desarrollar soluciones innovadoras para responder de manera más eficaz a los desafíos humanitarios de hoy.

¿También innovan en materia de financiación?

Las donaciones públicas y privadas que recibimos son aportaciones voluntarias. Por consiguiente, tenemos que encontrar soluciones para diversificar nuestras fuentes de financiación. Con este fin, este año hemos lanzado un nuevo instrumento financiero, el Humanitarian Impact Bond, en colaboración con la Dirección de Cooperación para el  Desarrollo de Bélgica. Está dirigido a inversores privados que, mediante su contribución a este fondo, permitirán a miles de personas con discapacidad de todo el mundo beneficiarse de servicios de rehabilitación física para su reinserción en la sociedad. A través de este proyecto, tratamos de establecer un vínculo directo entre el inversor y el beneficiario, y de iniciar un círculo virtuoso: ponemos dinero en circulación para reforzar nuestro impacto social, que a su vez tendrá una incidencia económica positiva.

Entre los nuevos retos que se presentan para la acción humanitaria, ¿hay alguno en particular que le parezca más preocupante que los demás?

El mayor desafío al que nos enfrentamos hoy en día es el de los movimientos de población. En la actualidad, el número de desplazados supera ampliamente los niveles registrados en la Segunda Guerra Mundial, es decir, varios millones de personas. Este fenómeno presenta problemas humanitarios y sanitarios de primer orden, puesto que no solo hay que proporcionar asistencia sanitaria, agua y alimentos a las personas que huyen de los combates, sino también instalar la infraestructura necesaria para acogerlas. Este problema ha alcanzado dimensiones sistémicas. Actualmente, por ejemplo, se observa la reaparición de ciertas enfermedades como la poliomielitis; y esto no es más que la punta visible del iceberg. Las transformaciones que se están produciendo son muy profundas.

En un entorno tan complejo, ¿ la acción humanitaria es realmente eficaz?

Yo creo en nuestra acción. Cada día salvamos vidas, cada día suministramos medicamentos, cada día negociamos con las distintas partes para poder prestar a las personas afectadas la ayuda que necesitan. No obstante, debemos seguir siendo críticos tanto de nuestros éxitos como de nuestras carencias. Vamos avanzando, a veces lentamente, a veces más rápido, pero siempre para mejor.

No obstante, en el caso de Siria, tanto la diplomacia como la acción humanitaria parecen encontrarse en un impasse...

Al contrario de lo que parece, estamos presentes sobre el terreno, participamos en las negociaciones y aliviamos el sufrimiento de las víctimas. No obstante, no hay que perder de vista que evolucionamos en un contexto de guerra total, extremamente difícil de estabilizar. Hay más de un centenar de actores implicados que influyen en los acontecimientos, incluidas grandes potencias. Muchos de ellos no se hablan entre sí, lo que plantea retos enormes. Se nos deniegan muchos accesos, y los intereses de unos y otros cambian, a menudo en sentidos opuestos, lo que complica aun más el desarrollo de las operaciones.

El caos sirio parece haber relegado el derecho internacional humanitario a un segundo plano. ¿Los principios que defiende esta rama del derecho siguen estando adaptados al mundo de hoy en día?

El respeto de las normas se basa en una relación de confianza. Si una parte en el conflicto piensa que el adversario no aplicará los principios de derecho vigentes, caeremos en un círculo vicioso. Por lo tanto, hay que esforzarse por restablecer la confianza entre las distintas partes en conflicto.

El derecho internacional –como los Convenios de Ginebra– no ha nacido de la nada: se basa en prácticas y normas que se han consolidado a lo largo de los siglos. También tiene une base cultural, un derecho consuetudinario común a todas las sociedades. Cuando se observan divergencias de interpretación o de aplicación, corresponde a todas las partes encontrar un marco de entendimiento pese a las diferencias y lograr puntos intermedios. La esencia del derecho internacional humanitario radica en esto, en el diálogo. No obstante, hay que realizar un trabajo de adaptación, sobre todo para cubrir las lagunas en la legislación. Me refiero, en particular, a la aparición de nuevas tecnologías de combate, como los drones. La digitalización de la guerra tiene que estar regulada por normas, y el CICR desempeña en ese sentido un papel importante: alertar y concienciar para que se establezcan nuevas normas.

Ustedes mantienen estrechas relaciones con los Gobiernos, pero ¿qué sucede con el sector privado?

Mi participación en el consejo del Foro Económico Mundial ha sorprendido a muchos. No obstante, en un mundo en que economía y política se entrelazan, considero importante hablar con los líderes del sector privado. Tienen mucho que decir, ejercen influencia en la marcha del mundo y, en mi opinión, es necesario mantener un diálogo con ellos, lo cual abre perspectivas. También es esencial integrar la ingeniería innovadora de las empresas en nuestra visión. Cada vez hay más partes implicadas, por lo que debemos aspirar a una mayor cooperación e innovación para encontrar nuevas soluciones, desarrollarlas y, sobre todo, desplegarlas sobre el terreno.