Cultura

Joël Dicker: talento, pasión y creatividad

¿Quién no conoce a Joël Dicker? Tras el fantástico éxito de La verdad sobre el caso Harry Quebert y la publicación de su tercer novela, El libro de los Baltimore, el autor concede a Mirmag una entrevista para hablarnos de Ginebra, su ciudad natal, y de la proyección internacional de su obra.

¿Qué encierra, en su opinión, la expresión «el espíritu de Ginebra»?

Ginebra, en mi opinión, es un puzle de nacionalidades, culturas y lenguas. En ese aspecto, Ginebra tiene algo singular respecto a las demás ciudades suizas que le da un color diferente; un color teñido de calvinismo, también, pero en el buen sentido de la palabra. No me refiero con ello al lado austero, sino a la tradición de acogida y a la discreción. Todos recordamos que en el siglo XVI, los hugonotes de Francia y Europa vinieron a refugiarse aquí. Actualmente, hay personas de todo el mundo en esta ciudad, en la que todos los días puedes toparte con gente de procedencias muy diferentes; eso es un auténtico tesoro. Conozco pocas ciudades en el mundo en las que se oiga hablar tantas lenguas y en las que se encuentren reunidas en un perímetro tan reducido tal variedad de nacionalidades.

¿Una institución cultural que la represente?

La Fundación Bodmer, en Cologny. Es un lugar que me parece extraordinario, ya que conserva parte de la historia de la humanidad y de lo escrito. Es un museo vivo. Para mí, las Naciones Unidas de la escritura. ¡Es de visita obligada!

¿Le gusta Ginebra?

Sí, especialmente en verano. Pero lo que más me gusta es su tranquilidad y su tamaño humano. No me interesa el gigantismo de algunas grandes ciudades.

Mezcla cultural, cosmopolitismo, ¿se siente como un producto ginebrino puro?

He nacido en esta ciudad y he crecido y estudiado en ella. En ese sentido, soy un producto ginebrino puro, y también un producto puro de la educación ginebrina. Pero también lo soy por mis orígenes, porque mis abuelos y bisabuelos procedían de tierras lejanas. A principios de siglo abandonaron Rusia para ir a Francia y después, en 1942, vinieron a refugiarse a Suiza. Si cambia los lugares y las fechas, descubrirá que esta es la historia de muchas familias ginebrinas.

¿Un autor ginebrino que nos hable de Ginebra?

Albert Cohen, sin duda, por sus descripciones de una Ginebra que ya no existe, como los pequeños chalés de la meseta de Champel. Pero en él también encontramos una Ginebra que sigue bien presente: Cologny, las Naciones Unidas. ¿Y si tuviéramos que quedarnos con una sola obra? Bella del Señor, sin duda.

¿Se considera a sí mismo un escritor suizo?

Suiza es un concentrado de identidades muy fuertes. Dentro del país, uno se manifiesta ginebrino por oposición al resto de cantones. Cada uno se define por sus particularidades. Pero, una vez fuera de nuestras fronteras, Suiza pasa a ser nuestra identidad. ¿Soy un autor suizo? No sé si puede plantearse la cuestión en esos términos. Antes de que cayeran las fronteras y Europa se abriera, la literatura suiza se distinguía por ser un homenaje a su propia tierra; hoy día, las cosas ya no son realmente así y es más difícil enarbolar una bandera. Mi generación es una de las primeras que ha podido desplazarse y viajar con mucha facilidad. Por ese motivo, la noción de territorialidad se debilita. Puede que algo menos en literatura, debido al idioma, pero, en el caso de la música, por ejemplo, esto es evidente. Existe, además, una lógica del mercado que hay que tener en cuenta. El mercado francés es gigantesco, los autores que escriben en francés lo necesitan y es importante lograr difusión en él. Por otra parte, los franceses se interesan cada vez más por lo que se hace y se escribe en Suiza.

Ha declarado que le gustaría «escribir para la mayor cantidad posible de gente», ¿es esa la clave de su éxito?

La escritura no es una ciencia exacta. Si fuera así, se sabría y todo el mundo obtendría buenos resultados, tanto autores y editores como libreros y librerías.

Creo que hay dos formas de dirigirse a los demás: o bien uno opta por la exclusión y pierde a su interlocutor o bien opta por la inclusión y lo conserva. Por lo que a mí respecta, no dirijo lo que escribo a un público determinado. Lo que deseo es llegar a la gente sin establecer divisiones. Para mí no tiene ningún interés escribir para una categoría. Por eso he apostado por la claridad y utilizo un lenguaje sencillo. Pero eso no basta para explicar el éxito.

El éxito no es algo que se construya por adelantado, es algo que llega después. Intervienen muchas cosas; en primer lugar, el boca a boca, luego el apoyo de la opinión pública. Como en todo, también es preciso estar en el buen momento en el lugar adecuado y acompañado de las personas oportunas, como un buen editor. Es algo intangible. A mí mismo me cuesta comprenderlo, pero el éxito me obliga a ser fiel a mi arte y a seguir disfrutando con lo que hago.

Más de tres millones de ejemplares vendidos, traducidos a unas cuarenta lenguas, ¿cómo explica tal proyección?

Soy el primer sorprendido. En el mundo de la edición, el éxito llama al éxito. El universo de los editores es también un medio muy reducido, todo el mundo se conoce y existen auténticas redes. Ese éxito procede, por tanto, en parte del trabajo del editor, que comparte sus convicciones con otros editores. También cabría pensar que la proyección internacional de un libro pasa necesariamente por una traducción al inglés y por Estados Unidos; sin embargo, la literatura traducida solo representa una pequeña porción de ese inmenso mercado. Estados Unidos no es el único país por el que hay que interesarse. Mi obra, por ejemplo, está traducida al indonesio y al tailandés, y, si se piensa, esos mercados suman una población similar a la de Estados Unidos.

Se ha convertido en una autentica miniempresa. ¿Cómo funciona? ¿Su editor al frente de las operaciones y usted al de la escritura y la promoción?

Sí. Hay ciertas cosas de las que no me ocupo —la gestión de los derechos, las traducciones, la difusión—, pero es cierto que hago muchísima promoción. Viajo mucho. Ciertos países representan mercados importantes. Por tanto, es esencial ir a buscar a los lectores allí donde están. Se trata solo de encontrar un buen equilibrio, pero para mí todos los países tienen algún interés. Acabo de llegar de Bulgaria, adonde me había invitado la embajada de Suiza para presentar mi último libro. Me han recibido muy bien.

Ahora bien, yo hago promoción no solo para defender mis intereses; también me preocupa defender la literatura. Si uno de mis libros es del agrado de la gente y despierta el deseo de leer otros libros, considero que he cumplido buena parte de mi misión.

La verdad sobre el caso Harry Quebert, Alfaguara, 2013 (La Vérité sur l'Affaire Harry Quebert, éditions de Fallois-L'Âge d'Homme, 2012)

Nueva York, año 2008, Marcus Goldman, un joven escritor de éxito, pero víctima del síndrome de la página en blanco, vuela a socorrer a su amigo y antiguo profesor de la universidad, Harry Quebert, que ha sido acusado de haber asesinado en 1975 a Nola Lellergan, una niña de 15 años con la que habría mantenido una relación. La novela, que oscila entra la investigación y los recursos efectistas, es asimismo una reflexión sobre Estados Unidos, las debilidades de la sociedad moderna, la literatura, la justicia y los medios de comunicación. 

Biografía

Joël Dicker

Joël Dicker, biznieto del político Jacques Dicker, nació en Ginebra en 1985. Tras seguir en esta ciudad su escolarización obligatoria, se fue a París para hacer teatro, en el Cours Florent, antes de regresar a Suiza y estudiar derecho en la Universidad de Ginebra, donde se graduó en 2010.

Destacado en 2005 en el marco del Premio internacional de jóvenes autores por una primera novela, Joël Dicker recibe en 2010 el Premio de los escritores ginebrinos por su primera novela Los últimos días de nuestros padres, que se publicará en 2012.

El mismo año publica su segunda novela, La verdad sobre el caso Harry Quebert, y recibe el premio Goncourt des lycéens y el Grand prix du roman de l'Académie française. Formará parte, asimismo, de la lista de finalistas del premio Goncourt.

En 2015 publica su tercera novela, El libro de los Baltimore.