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Catherine Reichlin: obligaciones verdes, ¿una tendencia con futuro?

Catherine Reichlin, responsable del Servicio Estudios financiero de Mirabaud & Cie SA, apuesta por un nuevo enfoque que consiste en situar la protección del medioambiente en el centro de la inversión. 

¿Qué es un green bond, o bono verde?

Los bonos verdes se emiten para financiar un proyecto directamente relacionado con la protección del medioambiente, de donde reciben su nombre. Estos bonos son especialmente apreciados por los gestores de fondos de «inversión socialmente responsable» (ISR), pero van cobrando mucha popularidad entre inversores que no siguen específicamente los criterios de responsabilidad medioambiental, social y corporativa. A día de hoy, el mayor empréstito lo ha emitido GDF Suez (más tarde Engie), que captó 2.500 millones de euros en dos tramos en 2014 para financiar diversos proyectos vinculados con energías renovables, como la construcción de parques eólicos. Otro ejemplo: el grupo Unilever ha lanzado un empréstito denominado en libra esterlina que servirá para reducir la huella de carbono de sus actividades. Tras unos inicios discretos en 2007, los importes aumentan con rapidez. El año pasado se realizaron 129 emisiones, el triple que en 2013. Y ese total debería verse claramente superado en 2015. Por el momento, la mayoría de las emisiones se han realizado en Europa y están denominadas en euros, pero Estados Unidos está entrando con fuerza en el mercado.  En 2015, por primera vez, el importe de las emisiones en dólares podría superar al de las emisiones en euros. Desde principios de año, un número creciente de emisores estadounidenses se interesa por este mercado.

¿Existe el riesgo de green washing o lavado verde, es decir, un uso abusivo del término «verde»?

Por el momento no hay un estándar, por lo que pueden existir desviaciones o excesos. Pero el mercado aprende de sus errores. Hace dos años, Toyota lanzó un empréstito para financiar proyectos que no estaban todavía maduros, y eso planteó la cuestión de la colocación de los fondos captados antes de su utilización. Más recientemente, un grupo chino ha emitido bonos verdes, pero su única justificación es que su negocio gira en torno a las energías renovables. Y eso es absolutamente insuficiente. Para tener derecho a esta etiqueta es preciso implantar dispositivos de asignación y de información financiera, y así poder demostrar a los inversores que el dinero se utiliza correctamente y conforme al compromiso adquirido por la empresa. Cerca de 60 bancos han decidido agruparse para establecer las reglas del juego y la International Capital Market Association (ICMA) asumirá las funciones de secretaría, lo que garantiza la seriedad. Una forma de descartar sospechas de green washing sería hacer que las reglas sean obligatorias, aunque por el momento no es así. Sin duda, las agencias de calificación especializadas pueden desempeñar también un papel importante. El sector todavía es joven pero se está estructurando rápidamente; desde hace un año existen los primeros índices y ya se han creado los primeros fondos compuestos exclusivamente de bonos verdes.

¿Es la rentabilidad de los bonos verdes igual a la de los bonos clásicos?

La remuneración es exactamente la misma. Eso es fundamental, porque estamos hablando de invertir, no de actos de filantropía. Entre dos bonos de la misma firma no puede haber diferencia de rendimiento, ya que el riesgo económico para el inversor es el mismo. Sin embargo, existen costes suplementarios asociados a la presentación de información financiera y el recurso a agencias de calificación especializadas. Por el momento, estos costes los sufragan el emisor y el consorcio. A largo plazo, es posible que el inversor tenga que asumir una parte. Esa es una de las claves de la generalización de los bonos verdes. Los desafíos son enormes. En junio, el antiguo G7 fijó un objetivo de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero de entre el 40% y el 70%, de aquí al 2050. Va a hacer falta mucho dinero para financiar esta transición energética. Los bonos verdes constituyen el instrumento ideal para captar esos fondos. Algunos especialistas consideran que podrían representar entre un 10% y un 15% del total de las emisiones de bonos de aquí a 2020.

Photo : © J.-F. Robert

Los bonos verdes, un mercado en pleno auge

La curva de crecimiento de los bonos verdes –bonos emitidos para financiar proyectos relacionados con el medioambiente– es extraordinaria. Algunos especialistas consideran que podrían representar entre un 10% y un 15% del total de las emisiones de bonos de aquí a 2020. En 2008, año en que el Banco Mundial dio los primeros pasos en ese sentido, estas emisiones solo representaban unos cuantos millones de dólares. Durante mucho tiempo, han sido las entidades financieras internacionales, con el Banco Mundial y su sucursal Sociedad Financiera Internacional a la cabeza, las que han asegurado el crecimiento de este nuevo sector. Pero, desde 2014, las empresas privadas han entrado masivamente en el juego. GDF Suez, Unilever o Iberdrola, por citar solo algunas de ellas, han contribuido a impulsar al mercado de forma aparentemente irreversible.

Como telón de fondo de esta evolución se encuentra el compromiso de muchos gobiernos de actuar frente al cambio climático. La mayoría de los observadores esperan, además, que la cumbre de la ONU sobre el cambio climático que se celebrará en París a finales de otoño consolide definitivamente la tendencia. El otro motor de desarrollo es endógeno en un sector que deberá estructurarse para adoptar normas, una condición indispensable si desea conseguir solidez y credibilidad. Son muchos los que consideran que los criterios medioambientales, sociales y de buen gobierno con los que se evalúa la calidad de las políticas de responsabilidad social corporativa son demasiado generales.